Multipliquen Buenos Aires por cinco o seis, inyéctenle genes africanos y morros, saturen las calles con grafittis hasta convertirlos en la estética oficial, y quizás obtengan algo parecido a Sao Paulo.
Todos los argentinos que vienen por aquí hacen la misma ecuación.
Las favelas, por ejemplo, son villas gigantes, en subida y con horizontes de ladrillo hueco sin revocar.
Princesa do Brasil me dice que no lleve la cámara. Nosotros somos de clase media, me advierte, y en la Periferia no te garantizamos ningún tipo de seguridad. Es más, lo más probable es que nos roben, así que tampoco lleves dinero. Mucha gente me repite lo mismo, así que termino por ceder y hacer caso. Para salir, ella se despoja de sus ropas reales y parece lo que es: una princesa en piyama, aunque por respeto desisto de hacerlo notar.
Yo, en cambio, sigo igual que siempre: parezco un descarriado de la vida, o quizás algo peor.
Tomamos el metro celestial: primero hasta Paraíso, y luego hasta Sao Judas. De ahí un bus (todo viaje aquí incluye dos o tres combinaciones) y entonces el hallazgo: pasamos por una calle que se llama Antonio Gil. Sé que nada malo puede pasarme aquí, pero estoy sin mi cámara.
Maldigo mi manía de escuchar.
Nos perdemos. Entramos a un bar y pedimos una cerveza. Un parroquiano me observa desde el fondo de una cueva oscura. Tiene la piel curtida por la sombra: estará ahí hasta el fin del mundo. Morirá con un vaso de cerveza en la mano, sólo en esa barra engrasada. Eso, supone, lo hace un poco dueño del lugar, y me lo hace saber. Su mirada asesina se clava en mí. Trato de esquivarlo, pero es imposible. Princesa do Brasil no lo nota; ella sonrie como siempre. Pregunta como llegar hasta el recital y entonces, el éxito. Todo el bar nos mira.
Ya entiendo.
Estoy en el peor bar de la Periferia, con Princesa do Brasil y ella habla por mí, despertando cualquier tipo de especulación en el imaginario machista y borracho de los presentes. Nadie sabe que no hablo portugués.
El ministro del infierno contesta en voz muy alta. Miente: intenta desorientarnos. Cuando vuelve el silencio, emprende una ofensiva. Se levanta de su asiento, avanza hacia nosotros, entra en mi espacio vital, me toma el hombro y me habla al oído.
Es el aliento de Satanás, pero no comprendo nada de lo que dice.
Descifro apenas el tono de sus palabras: no quiere pelear conmigo, sino saber si puede sacarme algo, quizás dinero con la promesa de volver con drogas, o algún otro tipo de estafa menor. Conozco tanto esa cadencia de esas palabras, esos gestos falsamente sugestivos, que creo entender la intención de cada uno de los sonidos emite.
Si no hablo, nunca sabrá que no soy brasileño. Entonces abro grandes los ojos, pongo mi mano sobre su espalda y digo, suave pero firme, como me enseñaron mis maestros:
-Todo bom.
Terminamos nuestra cerveza y nos vamos. Tomamos un autobús que se gira sobre el laberinto de curvas de la Periferia. Llegamos hasta la orilla de una Favela y nos bajamos junto a un grupo de adolescentes de vicera y pantalones grandísimos. Princesa do Brasil pregunta, y le senalan el laberinto de ladrillo. Ese es nuestro destino.
Allá, en el corazón de la Favela, está por comenzar un recital.
Comments:
Tuve la ¿suerte? de andar por esos pagos,
despues de tanto yirar por esas calles me senté en un puente sobre ese rio, totalmente agobiado por tanto gris y tanto cemento, y me preguntaba si buenos aires sera igual mirada por un extraño.
Trenes, autos, gente, todo moviendose rapido. Y mucho de todo. Los edificios me parecian murallas, como que querian parecerse a montañas, pero no. Estaban llenos de gente, seguro, pero no decian "vida".
Gris el cielo, gris el aire. Gris parecia ser la palabra metafora de Sao Paulo para mi sobre ese rio. Menos mal que tenia un dibujo lleno de colores de mi hija, y el alma llena de murga y pibes y esas cosas.
Me quedo como una postal en la cabeza de ese momento, un perro bajando a tomar agua al riacho, que huele y se va. Pajaros como cuervos, dando vueltas, como buscando. Nose, se sentía como la muerte rondando.
Sao Paulo me agobió, a pesar de su gente.
Una noche, unos pibes en una plaza me quisieron explicar como era el tema de los grafitis, pero apareció la cana, hubo descarte y medio que rajamos.
No se si tuviste la oportunidad de ir a ver un ensayo de las escolas, estaria bueno que escribas algo sobre eso, vi una, la del chabon que era el capo del jogo do biyo, o algo asi, el juego clandestino, todo una ceremonia de la mafia.
Bueno, no te aburro mas, solo compartia eso que senti y que nunca habia escrito.
Nacho